domingo, 2 de noviembre de 2014

[no tengo miedo de la oscuridad]


no tengo miedo de la oscuridad
(un poco de miedo a la claridad, quizás)
pero más que miedo debe ser un poco de pereza
aún no lo entendés, obviamente
pero mientras tanto yo aprendo de tus temores
los vivo con vos… un poco
me recuerdo en ellos con tus lágrimas nocturnas
…resueltas en la maraña de abrazos
te veo crecer fuerte y seguro
con cosas que a mi cada vez me tranquilizan menos
pero en fin:  yo le temo a las cucarachas!
Qué clase de imbécil puedo llegar a ser!
como que si no fueran más elegantes tus miedos
con lágrimas, con abrazos, con pesadillas
con un poco de temperatura a media noche,
con un poco de lágrimas curables luego de una caricia
ya no tengo unas manos que me alivien de la noche
o una voz que me susurre una canción de cuna
ya no lo necesito
el miedo se esfuma con la ausencia de necesidades
se esfuma?
solo la noche atestigua las cosas que aún quedan
…en mis vigilias…
el mejor sustituto de las pesadillas
qué mejor pesadilla que permanecer despierto?
el mundo onírico de una de tus noches
sustituye mis siete vidas en un suspiro

sábado, 18 de octubre de 2014

Bolero



Aprendí a bailar desde los nueve. Mi vida ya estaba llena de música desde muy chamaco, pero para aprender a bailar, los elementos principales fueron mi mama y la Sonora Santanera. Aprendí a bailar con el bolero, con temas como el desamor, la desilusión, la tristeza, la nostalgia, etc. Es decir, aprendí cómo se sentían bailando cosas que a mis nueve años claramente no conocía. La empatía tenía que ver con una cuestión de la sensibilidad derivada de las cadencias y las síncopas rítmicas que yo sí conocía y no con mis parejas amorosas hasta entonces inexistentes. ¿Cómo se baila una cadencia menor en la voz de Felipe Pirela o un puente de vientos de la Sonora? Eso no se lo enseñan a nadie ni en Merecumbé! 

Lo más curioso es que el Bolero es un género muerto. ¿Quién escribe boleros hoy? Lo más reciente que recuerdo es Frank Domínguez o no sé, las versiones más nuevillas de la Fania como en los 80´s. A lo mejor el papanatas de Luismi cantanto a Manzanero (me aguevás). La verdad no me explico por qué. El bolero es para mí una de las claves más importantes no solo para comprender el amor y sus variables, sino una de las fórmulas musicales más completas y en algunos casos de las más complejas. El bolero explica el llanto y la sensualidad, la nostalgia y la satisfacción, los sueños y el caos de la vigilia pretensiosa y esperanzada por el objeto amado. Hasta la fecha, aun lloro un poco cuando escucho a Daniel Santos con su vocecita de tapis pidiéndole favores al destino o a Agustín Lara de necio con María Felix… (qué putas sabe un chamaco de nueve años de semejantes cosas!)… Pero en fin, luego del bolero vino la salsa y demás subgéneros que para cualquiera que sabe, son subgéneros del jazz y es así como de hecho llegué al jazz. Mi más grande vicio! (y eso que tengo un montón)

Sigo pensando, sin embargo, que no hay géneros similares al bolero actualmente para rellenar ese desconocimiento que hay ahora del amor. Si bien es cierto el jazz rellena las carencias de tipo musical que hay en general, no lo logra con respecto a la música como reflejo de la experiencia del amor (hay que hacer la salvedad del formato de los Jazz Standards que son, dicho sea de paso, otra lengua muerta) tanto femenina como masculina. Hay una idea muy errónea de que el bolero es un género masculino y machista [insértese aquí una risa muy burlona], baste con mandar a cualquiera a buscar a Lena, Malena y la misma Elena Burke, a la última Celia, a Libertad Lamarque, Toña la Negra, María Luisa Landín y obviamente a la mamá de los tomates Consuelito Velásquez para comprobar que la vara del amor a través de la música es un tópico unisex y que no tiene para nada repetición. 

En fin, a mí me sigue preocupando que la música se disipe en cosas medio raras que no corresponden ni a la música, ni al mensaje que pretende transmitir. Es posible que no haya ni siquiera una intención de transmitir nada. Bailar no es deseable tanto como sí es recordable, y a mí la vara esa de sentirme como un dinosaurio, sigue sin gustarme del todo. ¿Es acaso que la única opción ante las sensibilidades es adaptarse a ellas? ¿No hay ninguna opción de heredar un poco de carne, un poco de cuerpo? 


viernes, 10 de octubre de 2014

El imaginario del gusto en un dedo



Con las redes sociales, los hashtags y los pulgares para arriba al mejor estilo de emperador romano, no solamente se ha convertido el gusto en una cuestión de estadísticas, sino que también se ha transformado (acaso retomado) el juicio de gusto como una cuestión moral y política. El emoticon de un pulgar señalando hacia arriba significa literalmente ¨me gusta¨. Pero cuando alguien sube una foto de unos niños muriendo de hambre en África y un miserable comentario en contra del Ice bucket challenge para no gastar agua, aparecen una multitud de deditos para arriba que significan ¨estoy de acuerdo, qué barbaridad gastar el agua en semejantes estupideces¨. Y luego aparece la mujer con el familiar enfermo que dice que pide al público virtual que por favor oren por el enfermo, aparecen mil ¨likes¨ que significan: sí amiga, ya oré. El amigo a quien se le acaba de morir un pariente y pone una foto de un lazo negro le damos tantos like, como al bicho a quien se le acaba de morir el perro.

¿Nos gusta realmente todo a lo que le colocamos el dedito? No lo sé. Es  muy  probable que no, como cuando marcamos con un dedo la papeleta del bicho o la bicha que llegará a ser presidente. Al amigo talentoso que dice que canta y escribe y le ponemos un dedito para arriba como muestra de solidaridad por su gran labor, pero no quiere decir ni siquiera que hemos visto con un mínimo de decencia algo de su trabajo. Los likes son vagos, significan que nos detuvimos suficiente tiempo como para hacer click en el ícono, y en muchos de los casos son un ¨al rato paso¨, los likes son un parámetro para medir nuestro gusto eventual, no nuestro gusto real, pero la bicha que sale con las tetas afuera no está feliz con el número de likes hasta que se quita la parte de abajo y recibe likes hasta de su mama, porque el gusto es una estadística que se mide con likes. ¿Nos gusta?  No lo sé. El gusto significa pues: la suma de gustos, de lo rico, de lo mejor, de lo peor, de la nada, de todo…

Ahora más que nunca parece claro que la vara del gusto es una cuestión de consenso y que claramente se ha debilitado (o fortalecido?) por una aparente cuestión de suma. No sé cómo andarán los datos la verdad, pero así en una revisión bastante superficial podría uno definir los gustos de la gente en el face a punta de likes: a la gente le gustan los cuerpos desnudos, no importa si es porque son hermosos o porque son ridículos, parece que la valentía de poner una foto tierra genera likes, es decir, a la gente le gusta. Y la gente gusta de las muertes, las enfermedades, el dolor, los chismes, las aplicaciones para smartphones, la música, la no-música, la fama, el dolor de los otros, los selfies, las fotos en general, las publicaciones de Amelia Rueda, las frases apócrifas de Bob Marley, los lugares comunes y los posts repetidos, a la gente le gustan los posts de los compas depresivos que publican el dolor de todo porque la novia los cortó igual que les gustan las imágenes random de google, Instagram, 9gag y sobre todo de parejas y familias felices. Lo dice el face, lo dicen los pulgares, todo mundo lo sabe. Eso es el gusto. ¿Eso es el gusto? 

 

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