Para caerse no tuvo que hacer mucho esfuerzo, siempre estuvo al borde del
precipicio y bastó un leve empujón para llegar hasta el fondo. La caída, como todas, fue tan accidentada como
inesperada en realidad. Quién sabe cuántos metros serían, pero a juzgar por el
golpe, las heridas y obviamente la inconsciencia temporal desatada, con
seguridad sería muy profundo. Una vez
recobrada la cordura hizo lo que cualquiera hubiese hecho en su lugar: llorar.
Pero pese a que el llanto es tedioso, sobre todo cuando es de dolor, es más
tedioso permanecer en el mismo lugar, a oscuras, con aparentemente nada por hacer.
Así es que se secó el llanto con las
manos llenas de barro y empezó a pensar. Salir de aquel hoyo por donde había
entrado era imposible y poco prometedor, era inútil escalar y además arriba
estaban las personas que lo habían empujado. Así que la única opción era seguir
hacia el fondo. Aun tenía sus manos y seguir hacia el fondo le regalaba esa contradictoria
esperanza en lo inesperado. Empezó a cavar durante un tiempo incontable y la
distancia de la orilla era cada vez más amplia. Un día se encontró con que el
final del fondo era la otra salida. Hizo lo obvio: llorar. Cuando estuvo
afuera, sucio y con las manos sangrantes llenas de tierra, pese a que la luz lo
enceguecía, se quedó inmóvil. Sintió vértigo cuando su pie rosó la orilla de
otro hoyo y náuseas cuando vio a las personas acercándose para volverlo a
empujar.
lunes, 5 de marzo de 2012
viernes, 2 de marzo de 2012
Habla una estatua
Empecé a creer un día
que dejar de creer era tomar
un camino
y queriendo caminar
fue que entendido tomé mis
riendas
para entrenarme
y versarme en una cosa
que me di a llamar amor
Con los dioses todos muertos
y el amor desendiosado
tomé tres palabras
en corchea
mil silencios
y me dispuse a andar
Las caídas eran constantes
pero más de lo que ahora son
yo seguía tejiendo versos
mortales
como el final de una canción
y de las heridas sangrantes
yo seguía viviendo
sin más venenos que los del
amor
Dejó de importar ser bueno
como dejó de importar ser
malo
se esfumó la lástima y la
compasión
el desenfado y el rencor
Con los dioses se fueron las
penas
las culpas, el dolor
el sufrimiento convertido
en insomnio
y la espera en reloj
vacante de tiempo
Con el más allá
se fue el futuro
y el presente se convirtió
en eternidad
No me di cuenta cómo es que
pasaba
todo se fue y se quedó el
amor
Pronto volvieron los golpes
las caídas
y los hielos en el corazón
pero lo acabado no volvería
ni los dioses ni el dolor
yo ya estaba entrenado
caminando en el amor
De cuando en cuando añoro
un poco de odio
un poco de dios
confieso
un poco de envidia
por quienes esperan
el final de estos pasos
carnales
por quienes creen tener
prometidos
todos los cielos y todos los
fantasmas
Yo aquí permaneceré versando
llorando o sonriendo
cuando los siga mirando
partir
dejándome con los momentos
como una estatua de piedra
que con cincel y martillo
todos golpean
para llevarse un trozo de
cuerpo
y vivir para siempre
con un pedazo de mi amor
martes, 28 de febrero de 2012
La actitud del perro
Anoche cuando venía para mi casa se me atravesó en el camino un perro
callejero, de esos que les llamamos “zagüates”. Andaba muy campante cruzando la
calle mientras yo venía con mi miopía como a 60kph. El perro era negro, era de
noche y yo soy casi ciego, ergo, era para que lo dejara como un trapo sangrante
aplastado en la calle. Sin embargo, gracias a los reflejos (del perro por
supuesto) y a que el carro tiene un buen “pito” y unos buenos frenos, no pasó a
mayor cosa.
Como últimamente mi imaginación no anda precisamente en estado cataléptico,
el episodio bastó para que me hiciera toda una película en mi cabeza. Primero empecé por imaginar lo que hubiese
hecho el perro si hubiese sido una persona. Como es casi evidente aquí en Costa
Rica, sus palabras hubieran sido mínimo:
“¡Diay hijueputa!“, por decirlo de la
forma más bonita y convencional. Pero el perrito siguió su camino cual si nada
hubiese sucedido. Luego pensé qué hubiera pasado si los reflejos del perro, el
pito del carro y los frenos no hubieran respondido como era debido, y entonces
la cosa se puso trágica pero con amplios matices de claridad: hubiera matado al
perro. Posterior a ésta conclusión, apareció la pregunta acerca de qué hubiera
hecho yo entonces. La respuesta también fue clara, me hubiera asustado por un
momento, pero hubiera seguido mi camino.
Entonces el perro volvió a tomar forma humana en mi imaginación y lo que
tuvo valor en ese momento fue la famosa frase: “¡Lo trata como a un perro!”. Nunca antes había pensado en el peso de esa expresión seguramente porque yo
nunca he tratado mal a un perro, entonces el hecho de tratar a alguien como
uno, no era tan grave. Sin embargo en ésta específica situación extrema, ante
la posible muerte del animal, me encuentro con que yo sería incapaz de darle a
un ser humano el trato que le hubiera dado al canino.
Pero de vuelta a la transferencia de animalidades entre el perro y el ser
humano que me venía revolcando la cabeza, y considerando su actitud
aparentemente apática ante el casi-accidente, me encuentro con que quien
realmente tiene una actitud envidiable, es él. Siempre he pensado que la
misteriosa amistad inseparable del perro con los humanos se debe más que todo a
una cuestión de envidia (de nosotros para con ellos, obviamente). ¡Pero no me voy quedar con los méritos de
descubrir ésta agua tibia! Desde los griegos ya tenemos registro de ésta extraña
relación parásita del ser humano con los perros. Pensemos por ejemplo en Diógenes
o en general en los cínicos (del griego kyon=perro o kynikos=aperrados) quienes por
razones de cierta hipocresía histórica que no viene al caso tocar aquí, han
ganado muy mala fama. Estos proponían –y aquí me disculparán los conocedores
por hacer ésta grosera síntesis– la imitación de la actitud del perro como un
modo de vida. ¿Qué tan mal podría llegar
a ser? Sin más posesiones que el deseo de libertad, con una certeza encarnada en
que no hay nada bueno que esperar de los seres humanos, con un reconocimiento
de corazón de que si te pudieran pasar con un carro por encima y dejarte morir
con las entrañas al viento lo harían, sabiendo que para nosotros, el amor, la
paz y la felicidad no llegan a ser más que palabras que nos entrenan para la
hipocresía y la mentira, pues aunque las decimos mil veces al día, no sabemos
de qué se tratan.
Así las cosas, no sé usted paciente lector, pero
yo me prefiero cínico, aperrado. Seguramente por estas razones es que
salía el burlón de Diógenes, con lámpara en mano, a buscar por todas las calles
de Atenas hombres honestos.
![]() |
| Ilustración de Diógenes diciéndole a Alejandro Magno que se quite porque le tapa el sol. |
sábado, 25 de febrero de 2012
Anti-normalidades
No me gusta ser “normal”. Y
semejante afirmación es sin lugar a dudas un lugar común, ya lo sé, sin embargo
por alguna razón, desde muy pequeño he tenido muchas dificultades para saber lo
que significa ser “normal” y nunca es bueno querer pertenecer a una categoría cuyo
significado no se comprende. Prefiero ser llamado loco, que además desde el
tiempo de Erasmo ya no debería ser una cuestión mal vista, pero ese es otro
tema. Ésta
contraposición superficial que hago aquí entre la normalidad y la locura, no
tiene ninguna pretensión teórica, por aquello de algún psicólogo lector,
simplemente se trata de una cuestión de comprensión, es decir, si no entiendo
cuando alguien me solicita que sea normal, pero comprendo perfectamente cuando
alguien me dice que alguna de mis costumbres se debe a que estoy loco, entonces
prefiero ser loco. De ahí en adelante, cada vez que me siento que hago cosas “normales”
empiezo a dudar realmente de mi cordura.
Juzguen por ustedes mismos, veamos
unos ejemplos:
El día de hoy me levanto y me voy
al gimnasio con mis zapatos de cinco dedos. Todo transcurre normal (o loco).
Llego a la casa me baño, almuerzo, y luego me coloco mi boina y me siento a leer unos
aforismos de Cioran con un Marlboro rojo y una taza de café sin azúcar,
mientras que escucho aleatoriamente una selección de Janis Joplin, con unas
fugas de Bach, Bob Dylan, Pink Floyd, John Coltrane y un par de boleros de
Felipe Pirela seguidos de un par de temas de Led Zepellin. Luego converso con
mi Tata de cuestiones del pasado familiar que parecen no estar resueltas aun,
ni tienen ganas de resolverse. Luego salgo de mi casa con el fin de realizar
algunas compras. A la primera tienda que llego mi discurso va más o menos así: “necesito
dos primas sueltas punto 11 para acústica de metal, por favor”. El chavalo me
las da y conversamos ciertas cuestiones más o menos sobre la misma temática.
Salgo con mis compras hechas y al llegar a la cafetería le digo a la muchacha: “un
cappuccino triple grande con una splenda, pero que no sea endulzante, porque
tienen aspartame, tiene que ser splenda”
La muchacha hace esa cara que uno hace cuando le llega un mal olor, pero
yo andaba bien perfumado, y me dice: “ ¿qué es un cappuccino triple?” le
explico qué
es, pero la cara de mal olor se le quita sólo cuando se percata de que sí
tiene splenda y no tiene que preguntar qué es aspartame. Me voy con mi café y por desgracia se me ocurre
meterme en la librería del mall donde estuve a punto de poner una queja para que
en la entrada hubiera un rótulo advirtiendo que el lugar estaba infestado con libros
de autoayuda, me abstuve de hacerlo, y mi visita a la librería no se dilató
por más de 45 segundos. Finalmente, mi último destino era la tienda de cosas de
oficina, donde llegue preguntando: “disculpe, ¿tiene papel vegetal?“ La chavala
que me atendió pareció haber heredado la misma cara de la de la cafetería y sin
decirme nada, mandó a llamar a un bigotudo simpatiquísimo que me llevó, como
Virgilio a Dante por aquel infiernillo de incomprensión, y me mostró
el papel vegetal, además de unas otras variantes que yo no conocía. Todo
transcurre normal (o loco).
El problema empieza cuando
regreso a mi casa, me meto en mi facebook, como enajenado, y empiezo a revisar
las actualizaciones de mi perfil. Si no fuera porque por fortuna no compré libros de autoayuda en la librería, empezaría a temer haberme convertido en un
normal. De repente me encuentro con que mi perfil se ha llenado de todo el tipo
de cosas que la gente normal escribe. Sus dolores, sus problemas, sus
sufrimientos, sus torpezas y demás, como si a la gente realmente le interesara
recibir nuestras malas vibras, y todo lo había escrito yo (estando sobrio,
valga decirlo). Usualmente utilizaba mi
facebook para publicar aforismos en mis actualizaciones, para compartir música y
para compartir los textos de mi blog, nada más. Pero de repente me encuentro
haciendo berrinche en público y me asusto. ¿Cómo no? Esas son las cosas que
hace la gente normal (normal), los que van a misa puntualmente todos los
domingos, los que piensan que los últimos dos gobiernos son los mejores que ha
tenido Costa Rica en toda su historia, los que piensan que José María Figueres
es la mejor opción para presidente de la República porque come tamales y
habla francés, los que piensan que Ricardo Arjona es un poeta, los que dicen
que Paulo Coelho se merece un Nobel de Literatura, los que creen que la Nación
es un periódico súper serio, esos los normales, los que piensan que el facebook es el diario personal o la bitácora
publica de su vida donde se escriben cosas como: “me acabo de levantar”, “ya me
voy a acostar”, “voy al baño”, “ya entré”, “ya me estoy enjabonando”, etc. No tengo nada personal en contra de los
normales, pero de lo que no tengo dudas es de qué yo no soy ni quiero ser parte
de eso ¿Quien no se hubiera asustado como yo al encontrarse en peligro de
convertirse en semejante cosa?
Obviamente, como debía ser con
tal de ser un poco consistente con toda ésta hablada, procedí a borrar las auto-flagelaciones
del perfil, no sin antes sonrojarme un poco de ver las amables llamadas de atención
por parte de mis amigos, quienes de no ser por el estilo, sin duda hubieran
pensado que alguien había hackeado mi
cuenta. Se hizo un desorden, todo mundo llamaba a mis papás
y a mis hermanos para ver qué me pasaba, mis amigos se empezaron a
reportar con mensajes de texto a mi celular y llamadas telefónicas temiendo que
me estuviera contagiando de normalidad. Pero no, fue solamente un desliz, un
tremendo resbalón como cuando uno va caminando por un sueño
y se cae en una pesadilla. Pero por fortuna ya estoy de vuelta en mi locura.
lunes, 20 de febrero de 2012
Parábola de un tren
Digamos que cuando iba saliendo
del tren no se fijo que aun se estaba moviendo, si es que semejante cosa es posible.
Ahora bien, no fue que el golpe que se dio hubiese sido mortal, simplemente que
tirarse del tiempo, así como ella, y quedarse golpeada mirándolo sonar tan
cerca, a cualquiera logra estremecer. Yo mismo me estremecía de verla ahí caída,
con las rodillas raspadas y las manos sangrando; al principio no me preocupé
mucho porque ya se sabe que los trenes luego de que van, indefectiblemente
regresan. Sin embargo me ganó el tedio, o si se quiere, el hastío
de tener que seguir el viaje a solas, de manera que un poco más adelante, me animé a
aventarme mientras el tren aun estaba en marcha, con el firme propósito de regresar por ella y
esperar que el tren regresara para los dos. Pero desde ahí, tirado en el piso
con mis rodillas raspadas y mis manos sangrando la miré donde iba colgada del último
vagón, mirándome mientras se alejaba con una cara...
lunes, 13 de febrero de 2012
Para Marcharme
Si no fuera porque ya no te veo
pensaría que el horizonte sigue sin existir
la indiferencia ante las palabras
son tu nuevo modus operandi
¡y yo que sólo tengo palabras!
No te esforzés por sentir
cuanto tus brazos han dejado de añorar
yo trato de acoplarme cada vez más
a tu deseo de no tenerme
de des-encontrarme
y te aviento tres sales
que caen justo sobre mí
adonde estoy hace mil días
tratando de no esperarte más
porque ya te he visto marchada
Hoy sos el pasado que nunca quise
pero pasado al fin
deseando con todas tus fuerzas
las sed de lo que otrora fueron tus ansias
la vez que nunca pudo llegar
antes de que te dieras cuenta de que me querías pretérito
hoy formo parte del frio
del hielo que me intenta preparar
para decir que esto es el adiós
Me has desprendido de donde me adjunté
como una máquina de hacer
pasados
de la cual nunca quise ser parte
de la cual nunca quise ser todo
Pero te dejo cuesta abajo con la semilla
y yo me quedo sin la semilla
cuesta arriba
tal cual lo merezco
tal cual me lo has dado
tal cual te lo he quitado
y que el viento te susurre el amor
al oído
mientras me voy
invitado por vos
para marcharme y jamás volver
viernes, 10 de febrero de 2012
Del agotamiento y la certeza
No era un hospital, era un reloj
de arena. Sus dos camas separadas se
encontraban un poco elevadas y la arena
que se precipitaba en medio de los dos no parecía cesar, pero aun no los había alcanzado.
Estaban
convalecientes, muy heridos, cansados, padeciendo eso que pasa con todos los
que son aventados en una guerra: la guerra se adueña de ellos y luego ellos se adueñan
de la guerra como si fuera su modo de
vida.
Así que ahí estaban,
viendo la arena subir, restregándose las heridas uno al otro, jactándose del tamaño
de las propias... Sin mirar al tiempo cubriéndolos poco a poco.
Tenían la
certeza oculta de que las únicas manos capaces de darle la vuelta al reloj eran
las suyas.
Tenían esa
certeza mientras esperaban sanarse en medio de la guerra.
Tenían esa
certeza y no querían esperar más, pero la arena seguía subiendo y ellos no hacían
nada con su certeza.
Aun tienen
esa certeza, de enfermos esperanzados en que el tiempo, que los mata, sea lo que
los sane.
Tienen un
poco más
de certeza y un poco menos de tiempo.
Tendrán esa
certeza un poco más clara cuando sanen.
Tienen la certeza
Tendrán
la certe….
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