“Que
el mundo fue y será una porquería ya lo sé...
En el quinientos seis
y en el dos mil también.”
Enrique Santos Discépolo
Recuerdo que desde una temprana adolescencia detestaba cuando decía algo
y otra persona contestaba: “¡qué profundo!”. La razón era muy sencilla, no es
que yo en realidad quisiera ser un superficial, si no que no había ninguna
afirmación que me pareciera menos profunda que esa, y esto suponía un cierre
mediocre para una conversación, al menos interesante. No sé si fuera normal
pero en aquellas edades era como que me esforzaba demasiado para alejarme de la
superficialidad y me empecé a obsesionar con la dicotomía profundo-superficial.
Esto es profundo, aquello es superficial, etc, pero por fortuna era una
enfermedad curable y con el tiempo lo superé, sobre todo después de que
Kundera, entre otros, me enseñara que “el ser es insoportablemente leve”, de manera
que las cosas que en ocasiones parecen determinantes, resultan ser muchas veces
tan insignificantes y baladíes como cualquier otra.
Pero pongámonos serios. En realidad disolver la dicotomía,
sobre todo desde el punto de vista del juicio moral, resulta práctico y te
ayuda a medio vivir un poco menos neurótico en sociedad, es como otorgar el
beneficio de la duda, como decirse a uno mismo: “puede ser que seas vos el que
está equivocado con todo”. Sin embargo eso no quiere decir que no haya
cosas más valiosas que otras. Me niego a aceptar que el jazz de Kenny G es
igual de valioso que el de Charlie Parker o que lo que escribe Jacques Sagot es
igual de valioso que la literatura de Dostoievski. En realidad la diferencia en
los ejemplos (aparte del elemento del estilo) es una cuestión de
profundidad. Pero ¿cómo se explica esto de la profundidad? ¿profundidad hacia
adónde? ¿hacia dónde es que se ahonda?
Las cosas se consideran profundas según se alejan o
se acercan al cuerpo, según sean capaces de traspasar los límites de la piel,
esto es, según su capacidad de despertar la sensibilidad. El concepto de
sensibilidad no se parece en nada al de sentimentalismo. La sensibilidad tiene
que ver con todo lo que es perceptible por medio de los sentidos, es un
concepto completamente ligado a las experiencias del cuerpo y no a los idilios
derivados de las telenovelas mexicanas. Puede parecer una diferencia
insignificante propia de filosofitos desocupados, sin embargo, a éste que
escribe le parece que sus alcances son realmente importantes y son determinantes
en la forma en cómo se mueve nuestra sociedad con todo y nosotros adentro.
Así pues, cuando las personas decimos “soy sensible” nos estamos
refiriendo al menos a dos cosas: 1-al sentimentalismo, 2-a la sensibilidad
entendida como lo que se percibe por los sentidos.
La primera forma es la de aquellos que se sienten
muy sensibles porque cualquier cosa los hace llorar (¿clamabo, ergo sum?). Entonces lloran cuando a la Miss Universo le
ponen la corona, de hecho les parece que la Miss ha de ser súper sensible, lloran con las canciones que dicen “te extraño y me
muero sin ti” y “te dejé porque me fui con otro” porque se sienten
identificadísimos con ese “sufrimiento”. Debería existir algo así como un
pluviómetro para lágrimas y así podríamos medir quien es más sensible que
quién: un lagrimómetro. Estos lloran
pero no porque sientan un dolor, sino más bien por una cosquilla en su
superficie, son incapaces de tomar una acción que no sea la de llorar, son los
que no opinan, no resuelven, son los que cuando terminan su relación de pareja
van donde un psicólogo (ojalá pandereta para la perfecta nefasta combinación) a
que les diga: “mirá, lo que te pasa es que estás dentro de un círculo de
co-dependencias”, o “pedile mucho a Dios para que te ayude a aguantar todos tus
problemas”, luego lloran y lloran más y el lagrimómetro a todo vapor. Escuchan
canciones corta venas y encuentran todas las formas para evadirse del
“problema” que por cierto jamás han identificado porque han sido incapaces de
profundizar. Abandonan, lloran, comen chocolates, lloran otra vez, les encanta
que les digan que son bipolares, depresivos, o que padecen de ansiedad, luego
lloran más y no hacen nada. No participan en conversaciones de política ni de
religión, no por irresponsables, sino por pereza. Nunca leen, ni ven películas
aburridas como las de Kubrick, ni mucho menos escuchan a esas incomprensibles
obras de Chopin o a Bach. De Beethoven sólo salen que hizo un Himno de la
Alegría (lo que es una completa imprecisión, por no decir una mentira) y que es
un perro protagonista de alguna película de Hollywood. Estos sentimentales no
tienen tiempo para cosas aburridas como enterarse del nombre de los países de
África donde los niños que no se mueren de SIDA o de hambre, es porque se
mueren de SIDA y de hambre; ni para ir al Museo ni al teatro a ver obras
con nombres diferentes a “Todos los amantes del barrio” o “La historia de
Juanita la chismosa”, o “Del hombre que se ganó la lotería y aprendió a bailar
cumbia”. Los sentimentales que contaminan el Facebook con frases espantosamente
trilladas de superación personal con descubrimientos importantísimos muy
recientes como: “no confies en todos, algunos pueden ser tus enemigos” o “tus
problemas son parte de tu imaginación, cuando los olvidas, desaparecen
automáticamente”. Pero se dicen sensibles, y si no les crees, entonces lloran y
como el llanto es la medida de su sensibilidad, entonces están salvados.
Pero en fin, creo que con esto queda claro éste
primer tipo: sensibilidad baratona, burocrática, perezosa, irresponsable y por
supuesto, superficial, es decir no llega a entrar por los sentidos, es si acaso
un eructo de la imaginación apenas capaz de llegar a rozar la dermis…
El otro tipo, no es muy común y es la que parece
estar pasando a la lista de especies en peligro de extinción. Amerita como
mínimo una apología. Es en realidad sencillo: si sentís una piedra en el zapato, te la sacás para poder seguir
caminando. Si ponés la palma de la mano sobre una candela encendida, antes de
quemarte quitás la mano. La sensibilidad que entra por los sentidos, valga la
espantosa redundancia, por definición mueve a la acción: se te mete por la piel
y te hace vomitar, desmayarte, escribir, pintar, bailar y en ciertas
situaciones calificadas, te hace llorar. En la tele, que casi nunca veo porque
me hace particularmente mal, aparecieron, en un solo día, las noticias de unos
niños sin casa, que caminaban descalzos en calles de tierra para traer agua a
sus casas; luego la historia de un señor a quien un par de ratas dejaron ciego
cuando, por robarle el carro, le quebraron el parabrisas, el señor decía con
una sonrisa que estaba feliz de estar vivo; luego la historia de un niño con un
problema de nacimiento que lo obliga a estar en una silla de ruedas todos los
días, y que desde los 6 años le habían dicho que se iba a morir en cualquier
momento, ya tiene 17. Ninguno lloraba, ni los niños descalzos, ni el ciego, ni
el niño enfermo o su madre. Mientras tanto aparece Rodrigo Arias bien bañadito
prometiendo estupideces y Laura Chinchilla reuniéndose con el Papa. Al Papa
parece que todo un séquito de lava bolas lo han bañado con aplicadores esquina
por esquina en su papal corporeidad, antes de que le pongan su indumentaria
carísima. Sale a conversar con Chinchilla seguramente de lo mal que está el
mundo por usar condones y de lo bien que está Costa Rica por ser un Estado
confesional. La gente se sigue muriendo de SIDA y de hambre. Luego un mae sale
en la tele hablando de que no ha podido conseguir un bono de vivienda porque no
tiene plata ni para el impuesto territorial, el Gobierno le dice que no hay
plata y la Presidente le paga a un cocinero una millonada por ir a hacer una
trocha. En la Escuela local a un chiquito con problemas de conducta le echan a
la policía porque nadie sabe qué hacer, el niño tiene 7 años. A una mujer la
matan a pedradas en algún lugar del mundo por cometer el gran pecado de haber
sido violada, y en los barrios del sur hoy un nuevo chamaco de 12 años se ha
convertido en adicto a la piedra.
Yo me enfermo románticamente: el mundo es una porquería. Mi mama me dice
que hay que ver esas cosas para sensibilizarse.
Supongo estoy a flor de piel, pero me dan náuseas, me tiembla el cuerpo y
no sé cómo, pero una vez más tengo piedras en el zapato y una vela encendida me
está quemando…
¿Todavía le pueden quedar ganas a alguien de llorar
viendo Titanic?